al menos el que he comido.

Para quitarme la cabeza del reciente sismo, de mis pensamientos ambivalentes sobre la ayuda a la Ciudad y la menos numerosa a otros estados, me voy a poner a escribir sobre algo más simple y alegre al apetito.

El raaaamen, el pan y vino del weeb que se siente japonés con una maruchan comida a gran dificultad con un par de palillos chinos sucios que se robó de su buffet chino cercano. Afortunadamente la reciente ola de weeaboos normales, de bien, a la moda y para nada pretenciosos en la ciudad nos ha traído algunas cosas buenas en el departamento del Ramen y la comida japonesa en general. Sólo he visitado un par de esos establecimientos de fideos, ambos con renombre y con clientela: Yamasan-Ramen en la Condesa y el (con razón) cerrado Ramen-Ya en la Del Valle.

Pero como tengo experiencia del original, tal vez debería de describir un poco de ella para tener, al menos, un poco de autoridad en lo que voy a decir. En mi viaje a Japón el que más me dejó marca fue Kairikiya (https://goo.gl/maps/L1AHGa7pH7k pasé una hora buscando el changarro en los mapas), en Kyoto. Tenía algunos días comiendo en mi hostal comida que me preparaba yo mismo en la cocinita que tenía disponible para ahormare unos pesos y había pasado la mañana, del día en el que me iba de Kyoto, comprando recuerdos y baboseando por el mercado de Nishiki. Y tengo que admitir que aunque disfruto del viaje, sin importar de lo largo, los últimos días pueden ser algo nostálgicos y un tanto melancólicos. Y para esos días alguna experiencia familiar puede ser bastante reconfortante. Obviamente el ramen no es exactamente lo más mexicano que se puede encontrar, pero ese día puedo jurar que el caldo me supo al del pozole. Ya traía algo de hambre y me empecé a arrepentir de no ir con dinero al país y no poder disfrutar de la comida al máximo, así que me aventuré al local de ramen. En ese entonces no había menú en inglés, un par de recortes de periódico que, adiviné, eran reseñas positivas del lugar estaban pegados en la ventana y el ambiente parecía el de un puesto de tacos bien preparados: varios hombres y mujeres de trabajo que ,aunque fueran acompañados, parecieran solos por la atención que le prestan a su comida. Entré y me recibieron con el violento saludo al que ya me había acostumbrado a esas alturas ”いらっしゃいませ” , mis tenis empezaron a pegarse al piso con la grasa, siempre una buena señal para el tragón, y me senté en la barra entre hombres con los lentes empañados y frentes sudorosas sorbiendo fideos. No recuerdo exactamente lo que pedí, creo que ni siquiera supe lo que pedí, seguramente fue lo que podía leer con mi Hiragana y ridículo uso de Kanji. Pero al menos una búsqueda rápida en google te dice que el caldo que tienen es de pollo pero lo sazonan con manteca de puerco (Seabura Shoyu), que, junto con los carbohidratos de los fideos y la “panceta” que me sirvieron en el caldo, seguramente fueron lo que recordaron al pozole. Podía uno servirse ilimitadamente, para sazonar el caldo a gusto, colas de cebolla. Incluso escribiendo estas lineas empiezo a salivar, hasta donde yo sé, este no es el mejor ramen de Kyoto, pero para mi lo fue. Y recuerdo con cariño ese caldo tan pesado a la vista pero tan ligero al tragar y suave al paladar. Todo el olor a manteca del local no hacía más que darle sabor a la cosa, el puerco se derretía en la lengua y los fideos, absorbiendo todo el sabor del caldo, tenían la mejor consistencia, ni duros, ni flojos, la cosa perfecta para masticar. La cebolla ofrecía un balance agregando frescura a la boca después de unos bocados bien dados a todo lo demás, con la consistencia un tanto crujiente que ofrece variedad a la quijada. Todo a una temperatura que te obligaba a sudar y soplar. Salí contento, sudado y con los lentes empañados a la fría calle de invierno para regresar a Tokyo y tomar el avión de regreso a casa unos días después.

Total, ahora toca hablar del triste ramen que he comido en la Ciudad. Del primero que quiero hablar, pero que no he probado, es el que preparan en Murakami, en Polanco. Lo menciono porque el local es, a mi conocimiento, el mejor lugar de comida japonesa en la ciudad y sirven prácticamente de todo. Basta con ir entre semana y ver oficinistas expatriados japoneses pidiendo algo que les recuerde a su isla. No he probado todo lo que hay, porque hay mucho, pero lo que he pedido tiene un sabor bastante autentico con sazón bueno. Nada extraordinario, ni nada que pueda competir con algo bueno que se sirva en la isla pero con un sabor, supongo, caserón. Algo que te pueden servir en una izakaya si le dices al cocinero que improvise algo familiar con lo que tiene en el refrigerador. Con cosas un poco más complicadas, como uni, lo más seguro es que el ramen se defienda muy bien. A lo que voy es que recomiendo mucho el lugar, algo caro, pero los japoneses que llegan a México son ricos.

Ahora toca hablar del Ramen-Ya en la del Valle. La cosa ya cerró y lo que voy a decir puede ser un poco inútil a menos que haya algún local heredero. Tenía fama de ser autentico, de “transportarse a Tokyo”  y en la ventanilla tenían fotografías colgadas de las sopas muy al estilo del país. Pero al entrar te recibían en un local bastante sencillo con sillas de plástico y un aire bastante improvisado que me recuerda a los puestos de comida en la frikiplaza. Tenían mucha variedad pero al menos en mi recuerdo el caldo era bastante simple, pollo con un chorro de salsa de soya. Los fideos indistinguibles de las bolsistas de maruchan, acompañados con un huevo duro, naruto desabrido y carne que fue tan insípida que ni siquiera recuerdo si tenía o no. Ya cerró, si viajan en el tiempo no vayan, el lugar era punto de reunión de weebs con la cartera llena y cerebro vacío.

Pero al final queda hablar de Yamasan-Ramen y es lo que puedo apuntar si alguien me pregunta por algo autentico. Había pasado muchas veces por el lugar sobre Tamaulipas, en la zona de desastre y restaurantera Condesa, y había notado las filas. Raro, en verdad, para el rumbo donde normalmente todo tiene buenas reseñas por gente que va a presumir lo que y dónde come más que lo que de hecho disfruta, o, en el mejor de los casos, restaurantes seguramente exquisitos pero con precios exorbitantes con una clientela algo reducida. El único restaurante de la colonia que comparte las filas con este ramen, en la memoria, es el Argentinismo, fonda argentina que está en mis mejores recuerdos de niñez junto con el difunto “Belmonte”.  Hace poco me decidí a entrar y quedé satisfecho aunque un poco decepcionado. Te dan la bienvenida gritando al puro estilo de la tierra prometida, pero con la fineza suficiente para hacerlo en español.  Te sientan en un local reducido con algún aire de izakaya, con pantallas pasando videos de YT de gente paseándose por algún barrio famoso de Tokyo (Akiba incluido), sólo que con mesas bastante pegadas y con familias que obviamente no van a tomar.  Pedí un Karage, para empezar, con una cerveza para acompañar el ambiente medio izakaya por el que apunta el lugar. Nada extraordinario, un poco más crujiente que mi gusto, con una masa que apenas sabía a jengibre pero pasable, los gyoza se veían mejores e igual de cantineras. Y luego, para hacerle caso a la recomendación pedí un “Yamasan Ramen”, lo que supongo es su plato mejor logrado, digo, es como cuando en las películas dicen el nombre de la película. El asunto está entre un “Oishii” por educación y un “Umai” honesto pero moderado, definitivamente no es un “Bimi”, ni mucho menos un “Umeeeee~”.  La combinación de sabores no era mala, lejos de ello, el caldo tenía buena consistencia, el puerco estaba muy bien logrado y los extra, el elote, el bamboo, el germen de soya bien crujiente, daban mucho con que ocuparse y no aburrir a la boca. Pero la temperatura realmente le quitaba sabor y emoción a todo, no lo recibí frío pero en la frontera entre lo tibio y caliente, lo que voy a bautizar “temperatura fondita godinez”. Si recuerdo mi experiencia comiendo fideos durante mi viaje era con sudor, soplidos y ruidos inaudibles en lugares cristianos, esa es la temperatura de los fideos, ya los últimos, cuando el caldo empieza a enfriarse, simplemente perdieron el encanto. La grasa empieza a coagularse y todo a aguardarse, nada agradable. Y así me supo todo, peor aún cuando avanzaba porque todo seguía enfriándose mientras, a mi alrededor, la gente trataba de no rozarse. Y por último, los fideos, el maíz cacahuazintle del pozole oriental, si el caldo es el alma de la sopa, los fideos son la cara, lo primero con lo que te encuentras y juzgas. Estos deben de estar impregnados con todo el sabor y con la consistencia exacta que te invite a seguir masticando, pero no fue así. Lo menos logrado fueron ellos, nada incomible como los de Ramen-Ya, pero bastante duritos y, por consecuencia, sin mucho del sabor del caldo. Como última queja se tiene que decir que las porciones son un tanto misteriosas. Pedí uno grande, tienen incluso los tazones pegados a la pared como cajas de pizza, pero a la hora de comparar los tamaños con la gente a mi alrededor, no noté mucho la diferencia. Algo molesto si la diferencia de precio es tan alta (30 pesos, creo, no me hagan caso).

Pero que no se interprete como un odio al lugar, quizá tuve mala suerte y me tocaron fríos. Después de todo, de mi limitada experiencia en restaurantes japoneses y especializados en la sopa, en la ciudad, este es el mejor y más autentico que he probado. El problema con el ramen es el mismo que con el pozole bien hecho, tienes que ir a un lugar especializado, si no te van a servir caldo de pollo con maíz empacado al vacío, con la consistencia de la goma que te metiste a la boca en primaria. Todos los caldos espesos requieren un buen tiempo de preparación y son laboriosos, desde el mole de olla, cualquier potée pretencioso, al ramen. Tener un lugar que se especialice y, al menos en resultado, paresa haberse comprometido con un sabor autentico, aunque un tanto original,  es muy agradable. Los precios, para lo ridículos que pueden ser en la comida japonesa, son modestos, no vas a pagar más que en una pozoleria establecida y vas a salir más o menos igual de satisfecho.

Ahora, no he comido todo el ramen de la ciudad, le tengo ganas al Rokai por el Angel y seguramente habrá uno por allá que no esté en mi radar. Pero parece que en nuestro rancho no nos vamos a encontrar con un excelente ramen como los japoneses no se van a encontrar con un pozole estilo guerrero. bien patriótico con su cebolla, su chile y su orégano, (Poctzin y los Tolucos son los mejores) en su rancho de gente civilizada y educada.

Tenemos de qué envidiarnos los unos a los otros y por eso hay justicia en el mundo.

 

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